La belleza que perdimos: una invitación cristiana a deleitarnos
En una visita a la casa de Ana Frank en Ámsterdam, una simple frase escrita por una jovencita en medio del horror planteó una pregunta profunda: ¿tiene lugar la belleza en la vida cristiana? Este ensayo explora por qué tantos creyentes desconfían de las artes y la estética, y por qué recuperar una teología bíblica de la belleza no es un lujo, sino una necesidad espiritual.
CUIDADO CULTURAL
Lazaro Riesgo Acosta
4/23/20266 min read


Una visita especial
Durante nuestra visita a la casa de Ana Frank en Ámsterdam, Países Bajos, mi esposa y yo pudimos ver de primera mano las terribles consecuencias del nazismo y sus actos atroces de la Segunda Guerra Mundial. La casa es, en esencia, un museo del dolor y un recordatorio implacable de cuánto puede sufrir el ser humano bajo la ocupación y la guerra. El tormento de la familia Frank en un mundo oscuro y sin esperanza fue real. Sin embargo, la joven Ana pudo ver más allá de la angustia del presente y plasmar en un diario su mundo interior con una lucidez sorprendente. Precisamente, al final de la exhibición, una de sus notas, enmarcada en una de las paredes, transformó nuestra visita y nos confrontó con una verdad profunda: “Piensa en toda la belleza que aún queda a tu alrededor y sé feliz”.[1]
Como cristianos, somos llamados a ser feliz, pero, ¿qué nos estamos perdiendo? A lo largo de mis años en el ministerio he visto cómo gran parte de la comunidad de fe ha desarrollado una extraña desconfianza hacia la alegria genuina, el deleite en la creación y las artes, como si disfrutar de lo bello que hay en el mundo fuera incompatible con una vida espiritual genuina. Esa desconfianza ha tenido un costo: nos ha dejado con una fe funcional, pero sin capacidad de asombro, correcta, pero sin alegría. Matthew Capps reconoce: “la belleza y la estética están más allá del vocabulario espiritual habitual de la mayoría de los cristianos”.[2] Asi que este ensayo es una invitación a recuperar la capacidad de disfrutar y deleitarnos.
Dios es la fuente infinita y la sustancia de la verdadera belleza. No por casualidad, el salmista nos invita: "Deléitate en el Señor, y él te concederá los deseos de tu corazón" (Salmo 37:4). La misma fe cristiana siempre ha reconocido tres realidades fundamentales que van de la mano: la bondad, la verdad y la belleza. Las tres apuntan a Dios. Las tres nos acercan a Él. Sin embargo, de las tres, la belleza es la que más incomodidad genera en los círculos de fe hoy. Como si apreciar lo bello fuera sospechoso, como si disfrutar del arte o la creación nos pusiera en terreno peligroso. Esto me parece paradójico si consideramos que la misma Escritura declara que Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra. Él le otorgó estructura, pero también belleza, a su creación, de tal manera que las criaturas pudieran contemplar el alcance de su gloria a través de lo creado. Por ejemplo, podemos leer en el Salmo 19:1 “los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos”. Hay arte en la naturaleza que apunta constantemente hacia lo invisible y lo hace cercano y real.
Así que la sospecha no proviene de la Biblia. Viene de otra parte. Según el teólogo suizo Hans Urs von Balthasar, demasiados cristianos están empobrecidos estéticamente, temiendo que estos temas estén alejados de la fe auténtica y de la práctica cotidiana. Si Hans estaba en lo cierto, el problema no es teológico sino espiritual. Es el resultado de una serie de corrientes históricas y filosóficas que han deformado nuestra comprensión de lo estético como don de Dios, y no fue de un día para otro. Matthew Capps, en su libro Drawn by Beauty, denomina esas corrientes fuerzas ocultas que, sin que nos demos cuenta, han ido apagando nuestra capacidad de disfrutar de la belleza de la vida.
A lo largo de la historia cristiana, plantea Capps, el temor exagerado a la idolatría llevó a muchos a desconfiar de todo lo estético, negando de manera legalista el atractivo de la belleza misma. El ascetismo mal entendido profundizó esa herida al separar lo espiritual de lo material, como si disfrutar fuera pecado. Después, el pensamiento moderno fragmentó lo que la fe siempre había mantenido unido: la verdad, la bondad y la belleza. Una cultura dominada por la utilidad nos convenció de que solo tiene valor lo instantáneo y lo productivo. Y la desconfianza hacia la creación como revelación de Dios nos dejó ciegos ante una de sus formas más directas de hablarnos: la belleza del mundo natural, su orden y su complejidad. El resultado es lo que muchos cristianos experimentan hoy sin saber nombrarlo: una fe sincera, pero sin asombro. Una teología correcta, pero sin alegría. Dios nunca quiso eso para nosotros.
¿Cómo volver a ver?
Recuperar el asombro requiere ser intencionales, prestar atención y disfrutar. Dios sembró belleza en cada rincón de su creación, pero vivimos tan acelerados, tan preocupados, tan ocupados con lo urgente que hemos perdido la capacidad de detenernos y contemplar. Aquí hay tres caminos concretos para comenzar:
La naturaleza: expresión del Dios creador.
Antes de que existiera un solo pincel o una nota musical, Dios ya era artista. Un amanecer, el sonido del mar, la inmensidad de un cielo estrellado: todo esto es lenguaje divino. Salir a caminar con intención contemplativa, sentarse frente al mar o simplemente levantar la vista al cielo en un momento de quietud puede convertirse en un acto profundamente espiritual. No es escapismo. Es reconocer que el mundo que habitamos lleva la firma de su Creador.
Las artes: el lenguaje del alma.
La música, la pintura y la literatura no son lujos reservados a personas sofisticadas. Son los medios por los que el ser humano, desde siempre, ha intentado expresar lo que las palabras ordinarias no alcanzan a decir. Según Fujimura, “El arte está conectado con la vida, y la vida puede llegar a ser parte de nuestro arte. La vida, después de todo, es el gran arte del diseño divino”.[3] Cuando un himno te estremece, cuando un libro te atrapa, cuando una pintura te detiene en seco, algo en ti responde a una verdad más profunda. Permitir que las artes te hablen es permitir que Dios use un canal distinto para llegar a tu corazón.
La contemplación: la habilidad de detenerse.
Quizás el hábito más contracultural que un cristiano puede desarrollar hoy es este: detenerse sin hacer nada productivo. Solo mirar. Solo escuchar. Solo estar. La contemplación no es meditación vacía. Es la práctica de dirigir nuestra atención a Dios mediante lo que Él mismo puso delante de nuestros ojos. Es lo que hacía Ana Frank cuando, encerrada en un cuarto sin libertad, decidía mirar hacia la belleza que aún quedaba. No negaba el dolor. Lo trascendía. Eso mismo está disponible para ti hoy.
Volviendo a aquel cuarto en Ámsterdam donde las palabras de Ana Frank detuvieron el tiempo, me pregunto si la iglesia no necesita recuperar exactamente eso: la capacidad de ver belleza donde otros solo ven oscuridad. Ana no tenía libertad, ni seguridad, ni futuro visible. Pero tenía ojos para ver. Y esa decisión de mirar hacia lo bello en medio del horror fue un acto profundo de resistencia y de fe. ¿Cuánto más deberíamos ser capaces de detenernos y maravillarnos? Ramsey nos recuerda que toda sociedad necesita cultivar la búsqueda de lo bueno, lo verdadero y lo bello para mantenerse espiritualmente sana.[4] La iglesia no es diferente.
Recuperar una vida de deleite en Dios y en la belleza de la creación no es un lujo espiritual. Tampoco va en contra de su Palabra como fuente de revelación especial. Es una necesidad. Implica aprender a contemplar, a permitir que las artes y la naturaleza también nos hablen, y a reconocer que en cada expresión genuina de lo bello hay una huella del Creador esperando ser descubierta. La pregunta no es si la belleza tiene lugar en la fe cristiana. La pregunta es si estamos dispuestos a deleitarnos en ella como expresion del caracter de Dios.
[1] Anne Frank, El diario de Ana Frank (Barcelona: Océano, 2003).
[2] Capps, Matthew Z. Drawn by Beauty: Awe and Wonder in the Christian Life (Christ in Everything) (p. 18). B&H Publishing Group. Kindle Edition.
[3] Fujimura, Makoto. Prólogo, en Russ Ramsey, Rembrandt Is in the Wind: Learning to Love Art through the Eyes of Faith, Zondervan, p. xv.
[4] Ramsey, Russ. Rembrandt Is in the Wind: Learning to Love Art through the Eyes of Faith (p. 6). Zondervan. Kindle Edition.