El asombro que perdimos: una reflexión cristiana sobre la belleza.

En una visita a la casa de Ana Frank en Ámsterdam, una simple frase escrita por una jovencita en medio del horror planteó una pregunta profunda: ¿tiene lugar la belleza en la vida cristiana? Este ensayo explora por qué tantos creyentes desconfían de las artes y la estética, y por qué recuperar una teología bíblica de la belleza no es un lujo, sino una necesidad espiritual.

CUIDADO CULTURAL

Lazaro Riesgo Acosta

4/23/20268 min read

Durante nuestra visita a la casa de Ana Frank en Ámsterdam, Países Bajos, mi esposa y yo pudimos ver de primera mano las terribles consecuencias del nazismo y sus actos atroces durante la Segunda Guerra Mundial. La casa era, en esencia, un museo del dolor y un recordatorio implacable de cuánto puede sufrir una familia bajo la ocupación y la guerra. El tormento de la familia Frank en un mundo oscuro y sin esperanza fue real. Sin embargo, la joven Ana pudo ver más allá de la angustia del presente y plasmar en un diario su mundo interior con una lucidez sorprendente. Precisamente, al final de la exhibición, una de sus notas, enmarcada en una de las paredes, transformó nuestra visita y nos confrontó con una verdad profunda: “Piensa en toda la belleza que aún queda a tu alrededor y sé feliz”.[1]

Como cristiano, ¿necesito belleza en mi vida? En mis años como ministro y practicante del cristianismo, he sido testigo de una marcada aversión al tema por parte de la comunidad eclesiástica. Esto es aún más marcado en la comunidad hispana. ¿Por qué el tema de la belleza, lo estético y las artes resultan tan controvertidos para la mayoría de los creyentes? Matthew Capps reconoce: “En muchos sentidos, la belleza y la estética son temas que se abordan brevemente y solo ocasionalmente, y están más allá del vocabulario espiritual habitual de la mayoría de los cristianos”.[2]

Me llama profundamente la atención que, entre las tres trascendentales (o realidades objetivas) que el cristianismo clásico reconocía —la bondad, la verdad y la belleza—, sea esta última la que más cuesta aceptar en los círculos cristianos actuales. Como si existiera una desconfianza de la carne o una sospecha mundana hacia lo estético, como algo que aún nos recuerda el “territorio enemigo”.

Esto me parece paradójico si consideramos que la misma Escritura declara que Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra. Lo cual es evidencia no solo de su capacidad creadora, sino también de su capacidad como diseñador creativo. Él le otorgó estructura, pero también belleza, a su creación, de tal manera que las criaturas pudieran contemplar el alcance de su gloria a través de lo creado. Por ejemplo, podemos leer en el Salmo 19:1 “los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos”. Hay arte en la naturaleza que está en constante tensión por reflejar lo invisible y hacerlo palpable: “Pues, desde la creación del mundo, todos han visto los cielos y la tierra. Por medio de todo lo que Dios hizo, ellos pueden ver a simple vista las cualidades invisibles de Dios: su poder eterno y su naturaleza divina” (Rom 1:20 a).

Entonces, ¿por qué el temor (o la ignorancia) hacia las artes, la estética y la belleza? Según el filósofo y teólogo suizo Hans Urs von Balthasar, “Demasiados cristianos están empobrecidos estéticamente y cansados de la belleza, temiendo que estos temas estén muy alejados de la fe auténtica y de la práctica cotidiana.”[3] Hans trató de encontrar un equilibrio entre la posición ultraconservadora y el movimiento progresista, enfocándose más bien en la espiritualidad personal del creyente. Si Hans estaba en lo cierto con su afirmación, el problema del rechazo de la belleza y las artes no es teológico, sino de carácter espiritual. Aparece cuando la persona no ha sido cultivada ni entrenada para descubrir la estructura de Dios y discernir su belleza frente a lo que es realmente mundano o secular.

Sostengo que el rechazo cristiano hacia la belleza no es bíblico ni inevitable, sino el resultado de una serie de corrientes históricas, espirituales y filosóficas que han deformado nuestra comprensión de lo estético como don de Dios. En su libro “Drawn by Beauty: Awe and Wonder in the Christian Life (Atraídos por la belleza: asombro y maravilla en la vida cristiana)”. El autor Matthew Capps propone seis respuestas al problema del rechazo de la belleza, las artes y lo estético en el cristianismo. Capps las denomina seis corrientes submarinas, fuerzas ocultas que merecen ser examinadas una por una.

El temor desmedido a caer en la idolatría.

Esta corriente describe la tendencia religiosa a exagerar la preocupación por la idolatría. El resultado es que muchos terminan negando, de manera legalista, el poder atractivo de la belleza misma. Tenemos que estar conscientes de que el mandamiento hebreo de Éxodo 20:4, “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra”, no está en contra de la estética o del arte per se, sino que prohíbe adorar al Dios correcto de la manera equivocada. De ahí la advertencia del versículo 5, “No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen”. Esto nos lleva a la segunda fuerza oculta.

La destrucción de las imágenes idólatras.

A lo largo de la historia cristiana, el temor a la idolatría ha provocado una profunda desconfianza hacia la belleza y las experiencias estéticas. De esta preocupación surgieron movimientos iconoclastas que buscaron proteger a la iglesia destruyendo imágenes y expresiones artísticas utilizadas en contextos religiosos. Durante la Reforma Protestante del siglo XVI, algunos reformadores promovieron la eliminación de estatuas, vitrales y pinturas por considerarlos elementos peligrosos para la espiritualidad. Sin embargo, Martín Lutero rechazó estos excesos. Aunque se opuso al culto a los santos, no consideraba las imágenes inherentemente idólatras. Para él, la idolatría no es un problema de objetos externos, sino del corazón humano caído. Siguiendo esta línea, Juan Calvino afirmó que el ser humano es una fábrica constante de ídolos. Por tanto, la mera destrucción de imágenes no resuelve el problema del pecado. Una visión centrada en Dios no elimina la belleza, sino que la ordena correctamente. La verdadera respuesta a la idolatría es la cruz de Cristo, en la que la gloria del amor de Dios expone la futilidad de los ídolos y reorienta nuestros afectos hacia Él.

El auge del ascetismo dualista.

Capps continúa llamando la atención sobre el empobrecimiento estético en el cristianismo, provocado por una forma de ascetismo dualista que desconfía profundamente de los sentidos y del cuerpo. Aunque la Escritura condena el uso pecaminoso de los placeres y valida disciplinas espirituales como el ayuno, el ascetismo problemático es aquel que prohíbe de manera absoluta el disfrute de los dones de Dios y se convierte en un fin espiritual en sí mismo. Este enfoque legalista fue denunciado por el apóstol Pablo, “Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si viviéseis en el mundo, os sometéis a preceptos tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques (en conformidad con mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso? Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne” (Colosenses 2:20-23). Históricamente, este dualismo ha separado lo espiritual de lo material, lo que ha llevado a muchos cristianos a desconfiar de la belleza, el arte y el placer sensorial. Una cosmovisión bíblica integral afirma la bondad de la creación y rechaza la idea de que la materia y la estética sean intrínsecamente malas.

La deconstrucción de los trascendentales.

En la tradición cristiana, la verdad, la bondad y la belleza eran entendidas como “trascendentales”: realidades objetivas, inseparables entre sí y con su fuente última en Dios. Estas categorías no dependían de gustos personales ni de contextos culturales, sino que revelaban la presencia de lo divino en la creación. Algo verdadero debía ser también bueno y hermoso, y la belleza tenía la función de manifestar y atraer hacia la verdad y la bondad. Sin embargo, con la Ilustración y el pensamiento moderno, esta unidad se fragmentó. La modernidad diferenció lo que los antiguos habían unido y la posmodernidad terminó por deconstruirlo. Como resultado, la verdad, la bondad y la belleza se convirtieron en categorías subjetivas y disputadas. La sociedad pasó de un “mundo encantado”, abierto a lo trascendente, a un entorno cerrado, marcado por el desencanto. Una visión cristiana integral, explica Capps, llama a recuperar la unidad de los trascendentales (verdad, bondad y belleza) y a reconocer que estos encuentran su pleno significado en Dios.

El dominio del utilitarismo.

En una sociedad dominada por el utilitarismo, el valor supremo es la funcionalidad y la belleza queda reducida a un lujo innecesario o una distracción. Cuando todo se mide por su utilidad inmediata, la experiencia estética pierde sentido. Esto se refleja en la arquitectura moderna, donde la eficiencia ha reemplazado a la belleza, lo que da como resultado espacios impersonales y desprovistos de alma. Sin embargo, aunque lo utilitario se imponga, las personas siguen prefiriendo lo bello, como se evidencia en la permanencia de las catedrales frente a edificios puramente funcionales. Reducir la belleza a su utilidad empobrece la vida humana y minimiza la gloria del Dios creador. La belleza, dada por Dios, tiene valor en sí misma y es esencial para la renovación espiritual y para el cultivo del asombro en la vida cotidiana.

La sospecha hacia la teología natural.

Finalmente, plantea Capps, la desconfianza hacia la teología natural y la revelación general ha perjudicado la reflexión cristiana sobre la belleza, la estética y la formación espiritual. Si bien la revelación general —como se expone en versículos conocidos de Salmo 19:1 o de Romanos 1:20— es secundaria frente a la revelación especial de la Escritura, la tradición cristiana mayoritaria ha afirmado la bondad intrínseca de la creación como obra de Dios. La belleza del mundo natural, su orden y complejidad, sirven como puntos de contacto que despiertan asombro, fortalecen la fe y dirigen a las personas hacia la gloria del Creador. Ignorar esta dimensión empobrece la experiencia espiritual cristiana.

Volviendo a aquel cuarto en Ámsterdam donde las palabras de Ana Frank detuvieron el tiempo, me pregunto si la iglesia no necesita recuperar exactamente eso: la capacidad de ver belleza donde otros solo ven oscuridad. Creo que debemos hacer un esfuerzo por acercarnos a las artes y a la contemplación como disciplinas espirituales. Y la razón es sencilla: aunque la belleza no se limita al arte, este ha sido uno de los principales medios por los que el ser humano ha intentado expresar, discernir y compartir esa realidad objetiva. Al final, tengamos en cuenta que, como afirma Ramsey, “La búsqueda de la bondad, la búsqueda de la verdad y la búsqueda de la belleza son, de hecho, fundamentales para la salud de cualquier comunidad”.[4] Esa verdad incluye a los creyentes en Cristo como miembros de la familia del reino de Dios. Entonces, recuperar una teología bíblica de la belleza implica discipular los afectos, aprender a contemplar y permitir que las artes y la estética formen parte integral de nuestra vida espiritual. La pregunta no es si la belleza tiene lugar en la fe cristiana. La pregunta es si estamos dispuestos a ser formados por ella.


[1] Anne Frank, El diario de Ana Frank (Barcelona: Océano, 2003).

[2] Capps, Matthew Z. Drawn by Beauty: Awe and Wonder in the Christian Life (Christ in Everything) (p. 18). B&H Publishing Group. Kindle Edition.

[3] Hans Urs von Balthasar, Word and Revelation (New York: Herder and Herder, 1964), 162.

[4] Ramsey, Russ. Rembrandt Is in the Wind: Learning to Love Art through the Eyes of Faith (p. 6). Zondervan. Kindle Edition.